Bueno, seguimos vivos, aunque no lo haya parecido durante estos meses. El segundo cuatrimestre demostró ser un enemigo más fuerte y agotador que el primero, lleno de giros inesperados que restaron tiempo para poder continuar con este proyecto. Pero no creáis que hemos olvidado.
He decidido retomar un poco contando una pequeña aventura donde de nuevo los protagonistas somos los conserjes y yo. Esta vez la historia será más corta que la última.
Un día cualquiera en nuestra aula 2.0, un compañero enchufó su portátil a la pared y por alguna razón (cofcofinstalacionesmásantiguasquelosprofesorescof) aquello no salió bien y el enchufe explotó levemente. De esta parte no fui testigo directa, ya que me encontraba desayunando en ese momento, por tanto al llegar a clase me llamó la atención encontrar las luces apagadas pero no le di más vueltas.
Durante la clase, mi portátil se quejó de falta de batería, lo cual no tenía mucho sentido porque estaba enchufado. Miré al resto de mis compañeros enchufados y efectivamente, ninguno recibíamos corriente. Preguntando, me enteré de lo que había pasado mientras estaba fuera. Al seguir preguntando, me enteré que por alguna razón el delegado no había ido a avisar a nadie, no sé si por desconocimiento o pasotismo.
Tengo algo borroso qué pasó en medio, no recuerdo si vino el conserje al final en mitad de clase o al final, pero todo lo que alcanzó a decirnos es que todo debería funcionar, que todo estaba correcto. Mi cargador por supuesto discrepaba.
Al acabar la clase, me levanté y me atreví a tratar de abrir la caja de los plomos que había allí mismo, esperando encontrarla cerrada con llave. No sé por qué sigo pensando que la gente en este centro trabaja, la caja estaba abierta. Un rápido vistazo a los controles, todos eficientemente etiquetados, me sirvieron para ver enseguida que el problema estaba en que simplemente habían saltado los plomos, el conmutador general se encontraba bajado. Lo subí, temiendo que volviera a saltar lo cual indicaría que el daño habría sido grave, pero no, se quedó conectado y la clase recuperó la luz como si nada hubiera ocurrido. Y no volvieron a saltar en lo que quedó de curso.
Un día de estos debería exigir que me paguen.
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sábado, 8 de septiembre de 2012
lunes, 12 de diciembre de 2011
De cafeses y cafetes.
O, como también suele llamárseles, cafés. Elemento imprescindible en cualquier universidad, eso está claro. Porque, metiéndote en ese microclima siberiano al que llaman Centro de estudios de Posgrado y Doctorado a las nueve de la mañana, en diciembre, sin algo calentito no aguantas esas cuatro horas y media. No, se te congelan los dedos, te tendrían que amputar las piernas directamente. Lo cual me lleva a un hecho de lo más curioso: creo que no nos consideran seres humanos.
Esta es una de esas cosas que ves venir cuando, en septiembre, te meten en un aula cerrada junto a sesenta personas más. Cuarenta (y pico) grados. Sin aire acondicionado, porque no funciona, o porque han robado cables. Sin ventilación. Pues no, no te consideran humano. Porque el sufrimiento es de débiles, y tú te has matriculado en el grado de Estudios de Asia Oriental. Para haberlo conseguido tienes que ser, como mínimo, un semidios. Y de ahí para arriba. Y, como todos sabemos, los semidioses y demás criaturas divinas no sufren, lo soportan todo.
Cualquiera diría que, bueno, en la transición de verano a otoño, y de otoño a invierno, se estará bien allí, porque las temperaturas bajan. Já. Bajan fuera, no dentro. Ya puedes ir con mangas largas, que dentro vas a tener que ir en tirantas. Y cuando salgas a respirar (porque, recordemos, dentro no hay oxígeno), agárrate. Los listillos podrán decir que, oye, entonces en invierno eso tiene que estar estupendamente, ese calorcito dentro de clase. Já, já. El día menos pensado, se pasa de clima desértico veraniego a clima siberiano invernal. A joderse todos. Porque si no nos pusieron aire acondicionado en verano, en invierno no nos van a poner calefacción.
Pero bueno, volvamos a nuestro mundo de cafés, cafetes y cafeses. Estaba claro que esto no podía seguir así. Tras varios pies congelados y diversos dedos morados, un bello día me decidí a explorar. Me dije a mi misma... Oye, ¿y qué hay más allá del baño? Y allá me aventuré junto con mi compañera, ambas decidimos descubrir nuevos mundos. Y descubrimos, no un nuevo mundo, sino... Café. No una, sino dos máquinas de café. Y una de comida, y otra de bebidas frías. ¡Oh, dios mío! ¡El cielo se ha compadecido de nosotros! Já, já, y já. Estropeadas. Perdimos la esperanza y volvimos a nuestra, por no llamarla de otra forma, clase. Pero, al día siguiente, una grata sorpresa nos esperaba. Esas pequeñas máquinas de café, esas de las que mi compañero y coautor de este blog hablaba en su entrada "El maravilloso mundo de los fondos sin fondo.". Esas máquinas habían salido adelante como unas campeonas, habían sobrevivido a los monstruos que querían acabar con ellas. Y ahí están, en un pasillo frío. Y, como las queremos tanto, como las visitamos todos los días al menos dos veces y les hacemos compañía, hoy nos han recompensado. Hoy, como las máquinas generosas que son, nos han regalado tres chocolates calientes. Sólo tres, porque no le permitieron regalar más, pero esos tres chocolates que nos calentaron el cuerpo y nos ayudaron a no morir de hipotermia siempre serán recordados.
Esta es una de esas cosas que ves venir cuando, en septiembre, te meten en un aula cerrada junto a sesenta personas más. Cuarenta (y pico) grados. Sin aire acondicionado, porque no funciona, o porque han robado cables. Sin ventilación. Pues no, no te consideran humano. Porque el sufrimiento es de débiles, y tú te has matriculado en el grado de Estudios de Asia Oriental. Para haberlo conseguido tienes que ser, como mínimo, un semidios. Y de ahí para arriba. Y, como todos sabemos, los semidioses y demás criaturas divinas no sufren, lo soportan todo.
Cualquiera diría que, bueno, en la transición de verano a otoño, y de otoño a invierno, se estará bien allí, porque las temperaturas bajan. Já. Bajan fuera, no dentro. Ya puedes ir con mangas largas, que dentro vas a tener que ir en tirantas. Y cuando salgas a respirar (porque, recordemos, dentro no hay oxígeno), agárrate. Los listillos podrán decir que, oye, entonces en invierno eso tiene que estar estupendamente, ese calorcito dentro de clase. Já, já. El día menos pensado, se pasa de clima desértico veraniego a clima siberiano invernal. A joderse todos. Porque si no nos pusieron aire acondicionado en verano, en invierno no nos van a poner calefacción.
Pero bueno, volvamos a nuestro mundo de cafés, cafetes y cafeses. Estaba claro que esto no podía seguir así. Tras varios pies congelados y diversos dedos morados, un bello día me decidí a explorar. Me dije a mi misma... Oye, ¿y qué hay más allá del baño? Y allá me aventuré junto con mi compañera, ambas decidimos descubrir nuevos mundos. Y descubrimos, no un nuevo mundo, sino... Café. No una, sino dos máquinas de café. Y una de comida, y otra de bebidas frías. ¡Oh, dios mío! ¡El cielo se ha compadecido de nosotros! Já, já, y já. Estropeadas. Perdimos la esperanza y volvimos a nuestra, por no llamarla de otra forma, clase. Pero, al día siguiente, una grata sorpresa nos esperaba. Esas pequeñas máquinas de café, esas de las que mi compañero y coautor de este blog hablaba en su entrada "El maravilloso mundo de los fondos sin fondo.". Esas máquinas habían salido adelante como unas campeonas, habían sobrevivido a los monstruos que querían acabar con ellas. Y ahí están, en un pasillo frío. Y, como las queremos tanto, como las visitamos todos los días al menos dos veces y les hacemos compañía, hoy nos han recompensado. Hoy, como las máquinas generosas que son, nos han regalado tres chocolates calientes. Sólo tres, porque no le permitieron regalar más, pero esos tres chocolates que nos calentaron el cuerpo y nos ayudaron a no morir de hipotermia siempre serán recordados.
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